Hace poco tiempo
que empecé a despertar de un largo sueño, de un letargo que parecía no tener
fin, de una vida gris en la que todos los días eran iguales…
Hace mucho tiempo que noté la presencia de un ser
extraordinario; su fuerza estaba en todos sitios, su vitalidad, su alegría,
todo me envolvía, pero yo seguía en mi letargo, en mi invierno perpetuo.
Ahora que he conseguido contactar con ese ser, ahora es
cuando empiezo a despertar. El despertar es duro, no por el hecho de despertar
sino porque ahora soy consciente de mi vida no vivida, de los días perdidos, de
los sueños no soñados, de los besos y abrazos no recibidos…
También yo tengo parte en ese despertar pero ese ser que
estaba ahí en el momento adecuado ha sido el desencadenante de toda una
revolución en mi interior. A ese ser le reconozco la parte que le toca en mi
renacimiento. Yo no soy el ave fénix pero he resucitado a la vida desde la
penumbra incierta de una noche interminable que ha durado mas de veintitrés
años. Se dice pronto pero es toda una vida, veintitrés años siendo un impostor.
Ahora estoy dentro, dentro de la vida. A la vida, en contra
de lo que pueda parecer, es fácil entrarle pero hay que estar preparado, hay
que estar entrenado. Vivir la vida no es descontar días, la vida no se cuenta
por días sino por momentos, por eso vivir la vida es vivir el momento que
ahora, justo ahora, acaba de pasar por delante de mí. Y yo no vivía; dejaba
pasar lo días, los años, iba descontando. Yo mismo había elegido tener un
carnet por puntos y yo mismo me los quitaba. Pero todo iba bien, todo estaba
bien a la vista de los demás, yo era un impostor.